En la
víspera de año nuevo, la ciudad de Nueva York me pareció una urbe sin sentido. Al
final de la tarde, recibí tres regalos inesperados: mi jefe me despidió sin
darme una razón válida; mi novia me abandonó porque no la complací en el viaje
a Hawaii y la dueña del edificio donde me hospedaba, no aceptó mis súplicas
para que prorrogara el cobro del mes. Prácticamente quedé en la calle.
Abrí mi monedero y lo único que relució, fue un billete de diez dólares;
suficiente para comprar una botella de ron y celebrar mi suicidio.
• • • • •
«Parece un espejo negro
sin vida» fue mi reacción
al observar cómo el mar
se tragó a una mujer regordeta que optó por lanzarse desde la altura donde me
encontraba sentado: una de las vigas del puente Brooklyn.
A lo lejos, la ciudad
resplandecía como un cúmulo de luces incandescentes.
Quise estar sólo y creo
que dos de las tres personas que me acompañaron esa noche, me complacieron
indirectamente: la señora entrada en kilos—ni siquiera me dio las gracias por
los dos tragos de ron que le ofrecí. Un joven hispano—que al no soportar el
frío que le producía estar sentado sobre la viga metálica, optó por lanzarse al
mar. Y un anciano pordiosero—estuve a punto de empujarlo sin que él me lo
pidiera; no aguantaba el repugnante olor a pescado podrido que despedía por su
boca, pero su conversación compensaba el daño que me producía en las fosas nasales.
“¿Para qué ahogar las
penas en esta botella cuando podemos hacerlo en el mar?” dijo el anciano. “En lo que acabemos este roncito, nos lanzamos juntitos.”
“No tengo intenciones de
lanzarme,” dije.
El anciano espabiló.
“¿No acabas de decir
que eres un perdedor?”
“Sí,” respondí, “pero no
pienso lanzarme.”
“¿Y por qué no?”
“Ver a la señora gorda me
hizo cambiar de parecer.”
“¿Esa morsa?” dijo el
anciano, “ella era una estafadora.”
“¿Qué vas a saber tú si vives en la calle?”
El anciano me quitó la
botella y tomó un sorbo.
“¿Vivir en la calle te
enseña cosas que un ejecutivo como tú, no lo comprendería.”
“Dame acá.”
“Oye, no te apoderes de la botella; déjame un tra-tra-guito,” dijo el anciano. En su rostro se percibía un estado de somnolencia.
“Si vivir en la calle te
enseña tanto, ¿por qué quieres suicidarte?”
“Te vi solito y quise
acompañarte.”
“Esa no es respuesta.”
En ese instante, el cielo
se iluminó en un festín de fuegos artificiales.
El viejo abrió los
párpados, se emocionó y se abalanzó hacia mí.
“Feliz año nuevo.”
“Cuidado,” le grité.Perdimos el equilibrio y fuimos en dirección
al mar.
• • • • •
No sabría explicar la
sensación que sentí al impactar con el agua; el temor que tuve,
desapareció.
«¿Estaré muerto? Mi
cuerpo debe estarlo, pero mi consciencia sigue viva; de lo contrario no
entablaría este monólogo. Todo está oscuro. ¿Dónde estará ese viejo miserable?»
De pronto, sentí cómo una
corriente líquida me empujaba hacia un haz de luz.
«¿Qué es ese ruido?»
Millones de voces se
acercaban.
«Deben ser almas en pena»
El pánico se apoderó de mí. Estuve tan pendiente de las voces, que no me percaté cuando atravesé la luz.
«¿Qué es esto?»
Parecía estar sumergido
en una cueva submarina de un tono rojizo. De pronto, millones de
culebras blancas me pasaron y siguieron la ruta hacia las profundidades de la cueva.
«Dios mío, estoy en un infierno acuático»
“Mueve la cola,” gritó una de las culebras.
“¿Perdón?”
“Que nades si no quieres
morir.”
La culebra que me hablaba, era un
espermatozoide.
• • • • •
Luego de tres maratónicos
días de nado, mis fuerzas se desvanecieron. Me recosté en una de las paredes del útero, con la
intención de claudicar.
«Dios me
castigó porque me suicidé y ahora con la oportunidad de una nueva vida veo que
es inútil seguir esforzándome. Son millones que luchan pero sólo uno triunfa»
“¿Te vas a dar por
vencido cuando estás a punto de alcanzar la meta?,” dijo una voz familiar.
Al voltear la cabeza,
observé a un espermatozoide que hacía giros con su cola cerca de mí. Detrás de
él, seguían nadando cientos de espermatozoides.
“Si te sirve de
consuelo,” dijo el espermatozoide, “no quise lanzarte al mar.”
Por mi mente pasó un recuerdo que agudizó mis sentidos.
“¡Eres tú miserable
anciano!”
“Adiós,” dijo el
espermatozoide, “me espera una nueva vida.” Y con un movimiento
brusco de su cola, nadó a una velocidad que no tenían los demás espermatozoides.
“Espera,” dije indignado.
Una fuerza sobrenatural se apoderó de mí. Nadé con la intención de alcanzar
y superar al anciano. Era un reto que no dejaría pasar.
• • • • •
Al cabo de unas horas, dejé
atrás a cientos de espermatozoides. Aunque nadaron con todas sus fuerzas, no lograron superarme. Mi motor de impulso no era la cola;
deseaba alcanzar al anciano, pero no encontré ningún rastro de él.
Al girar en una curva de la trompa de falopio, un
destello casi me cegó; era una enorme bola radiante que flotaba al final de la cueva.
“¡El óvulo!”
Me acerqué y comencé a taladrar con mi cabeza para abrir una ranura.
“Ahí está,” dijeron unas cuarenta voces.
No quise voltear; sabía
que los demás también lo habían encontrado. Taladré con todas mis fuerzas, pero la membrana que recubría el óvulo, no quería ceder. De pronto, sentí como me
sujetaron por la cola y me sacaron de mis labores.
Cada vez llegaban más
espermatozoides y chocaban contra el óvulo.
Intenté conseguir un espacio para seguir taladrando pero fue imposible; los espermatozoides me bloqueaban el acceso al óvulo.
“Esto es injusto; me
quitaron la oportunidad y ahora moriré como un idiota.”
“¿Tanto deseas vivir?”
La voz del anciano,
retumbó en mi cabeza como una campana.
“¿Dónde te encuentras?” pregunté.
“Ven, estoy aquí abajo.”
“No te veo.”
El anciano tenía la cabeza y media cola dentro del óvulo.
“Cuando la vida te
presenta un reto,” dijo el anciano, “no te des por vencido, pero tampoco culpes a los demás si fracasas. Asume tu responsabilidad con valentía.”
Como pudo, el anciano
sacó el último suspiro de fuerza, sujetó con su cola la mía y me templó hacia el
interior del óvulo mientras él se salía.
“Disfruta la oportunidad
que se te acaba de dar. Todos los que llegan al interior de un óvulo, son vencedores; no lo olvides nunca,” fueron sus últimas palabras.
No me dio tiempo de reaccionar; el óvulo se cerró y el silencio se apoderó del lugar.
• • • • •
«Siento frío. ¿Qué es esa
luz? ¿Será el doctor? ¿Estoy a punto de nacer? ¿Qué es esa sensación? Me están sujetando las manos; Dios mío, tengo manos, ya soy un bebe humano. Gracias Diosito por esta nueva oportunidad.
Prometo convertirme en una extraordinaria persona y esta vez no dejaré que las derrotas destruyan mi temple. Veo la luz; estoy naciendo. Sáquenme ya»
“Está ileso,” dijeron los buzos mientras me sacaban del agua. “Cúbranlo o le dará hipotermia.”
Los oficiales de la patrulla costera me colocaron sobre la madera de la embarcación mientras los paramédicos enrollaron mi cuerpo con mantas.
Aunque mi mente tardó en procesar la información que acababa de escuchar, en mi interior ardía un agradecimiento por la vida.
Daniel DC
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